Respirar, existir.... VIVIR. Este rebuscado juego de pérdidas
y ganancias de secretos y fantasías, de alegrías y tristezas, de desilusiones y
su consecuente aprendizaje.
Dicen que vivir solo cuesta vida,
a mi me cuesta tiempo, esfuerzo y mucha, demasiada agua salada.
Cuesta confiar, y mas todavía
entregarse, darse por completo a un
sentimiento que llegado el momento, se vuelve unilateral, y es ahí donde uno se
replantea y trata de hallar cuando fue el inicio del fin, ese del que hoy, sí,
con los ojos borrosos, nos percatamos.
Caemos, nos quedamos un poco en
el suelo quizá por timidez a levantarnos o por auto complacencia y cuando por
fin estamos en pie, desarrollando nuevamente las habilidades para recomenzar un
nuevo camino, volvemos a caer en los mismos errores que ya formaban parte del
pasado, esos que creímos haberlos dejado allá en aquella alcantarilla que había
arrastrado todas aquellas cosas que nos hacia mal y por las cuales juramos no
volver ni a pensarlas.
Pero no, mentirse a sí mismo no
es sano, y uno bien sabe que aquello que le causo tanta angustia es lo que un
día robo más que una sonrisa de su rostro. Esa “pena” logró iluminar días grises
quitarnos el sueño por noches enteras.